• Diario Digital | Martes, 11 de Diciembre de 2018
  • Actualizado 17:20

LO PEOR PARA UNA CONSTITUCIÓN COMO LA NUESTRA ES QUE DEJE DE ACOMPAÑAR A LA VIDA HISTÓRICA DEL PAÍS

Los jóvenes y la Constitución

Lo peor para una Constitución como la nuestra es que deje de acompañar a la vida histórica del país y se nos olviden cosas importantes como el párrafo quinto de su preámbulo: “Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una calidad de vida. Y establecer una sociedad democrática avanzada”.

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Los jóvenes y la Constitución

 

El historiador marxista británico Eric Hobsbawm (conocido por su trilogía sobre las tres edades), se quejaba en su Historia del siglo XX sobre los jóvenes de entonces -1994-, que habían crecido en una suerte de “presente permanente”, desvinculando sus experiencias vitales de las de generaciones anteriores. 

Pues bien, algo parecido sucede con nuestra Constitución, porque en cada aniversario escuchamos vuelos líricos del tipo “ha garantizado el mayor periodo de prosperidad y paz de nuestra historia”, pero lo cierto es que esta realidad factual, que debiera jugar como indiscutible motor de legitimidad, no parece ya tan eficaz.

Muchos de los consensos de su núcleo existencial se han ido debilitando, aunque aún compartamos la mayoría: el sistema autonómico como modelo de gestión del poder territorial, la monarquía parlamentaria, el relato de la Transición como una historia de éxito colectivo, o el bipartidismo imperfecto como el modo más eficaz de garantizar la gobernabilidad. 

Pero todo esas piezas consensuales y consensuadas carecen ya de una aceptación unánime, especialmente entre las generaciones jóvenes nacidas en democracia, aunque quizá sería suficiente generar un nuevo vínculo emocional haciéndolas partícipes de la reconstrucción de los consensos perdidos.

Además, así lo dice el artículo 48 de nuestra Constitución: “Los poderes públicos promoverán las condiciones para la participación libre y eficaz de la juventud en el desarrollo político, social, económico y cultural” del país.

Pero lo cierto es que el espíritu de nuestra Constitución (la búsqueda de un espacio político común y la defensa de una carcasa institucional que permita el juego democrático) no casa del todo con el aroma iracundo del actual ciclo político que vivimos. 

El debilitamiento de los consensos democráticos nos ubica en un punto muerto, caracterizado por la degradación de la confianza en la justicia y otras instituciones esenciales, incluidos los partidos políticos. Y no habrá renovación posible mientras persistan diferencias artificiales, alimentadas por un electoralismo bastardo que ha degenerado de su origen.

Aunque sea una posición legítima, quizás algunas fuerzas políticas descubran un día que su electorado no se cree ya la obtusa cantinela de que solo hay una alternativa (que nada cambie o dinamitarlo todo) y caiga por fin en la cuenta de que, tras ambas opciones, no hay más que un puro interés de partes, ya sea del populismo de izquierda o de derecha, pero no la persecución del interés general o de todos. 

La Constitución deja de acompañar a la vida histórica de un país cuando quienes deben velar por ella, se encierran en la defensa numantina de su letra, olvidando el espíritu de aquello que dicen proteger. Ambas posiciones, inmovilista y frentista, son más próximas de lo que parecen y tienen nombres y apellidos, de todos conocidos. Tiempos convulsos estos que estamos viviendo. Así que abróchense los cinturones que estamos entrando en zona brumosa y de tormenta. Y griten conmigo ¡viva la Constitución!, porque es volver a hacerlo por la libertad, contra las cadenas, que al parecer están otra vez a la vuelta de la esquina.