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Algeciras verde, Algeciras azul (Algeciras no te escondas)

Aunque el amor sea ciego, no quiero cerrar los ojos esa enfermedad que sufre mi amada Algeciras, una contaminación desproporcionada para una ciudad de sus dimensiones. No me voy a marchar por ello, no me importa vivir menos años si son años felices. Pero sería muy triste que nuestros taxis del mañana despeguen de su carrocerías aquellos adhesivos de “Algeciras verde” y “Algeciras azul” y los cambien por otros en los que tengamos que leer “Algeciras gris” o “Algeciras negra”.

Por eso he querido publicar esta semana un fragmento de la carta que escribí tras conocer a Juan y a María Luisa, dos de las primeras personas con las que descubrí que lo más grande de esta tierra es la forma que tiene su gente de tratarte como un amigo aún sin conocerte de nada. Ahí va:
“La otra tarde salí a pasear por la playa en dirección a la refinería. La desembocadura de un pequeño río, el Palmones, interrumpe la orilla que une mi barrio con el polo químico y me gusta andar hasta allí. Es un bello paisaje a pesar de las colosales chimeneas, del humo y de los bloques de hormigón y acero que componen aquella industria demasiado próxima; decorado de película de ciencia ficción de bajo presupuesto imposible de ignorar, mires dónde mires.


Nada más emprender el camino, algo trajo la marea que me llamó la atención. Cuando la ola se acababa sobre la arena y regresaba al mar, dejaba en la orilla un rastro de alguna sustancia granulada de un horrible color negro. Adoro el negro de la noche, el zaino de nuestros toros y el oscuro de tu cabello pero aquel negro daba un mal rollo que lo sentías por todo el cuerpo, como un escalofrío.
Me acordé de la semana que pasé recogiendo chapapote en O Grove. Afortunadamente, no se trataba del mismo veneno. Esto era más parecido a fragmentos de carbón o madera quemada del tamaño de semillas de sésamo. Me agaché para coger un poco de esa sustancia y examinarla.
- Eso es de la refinería- me dijo alguien. Era un hombre de unos cuarenta y ocho años, muy bien conservado, apuesto. Bueno, soy fatal para calcular edades pero firmo ya por estar como él cuando cumpla los cuarenta. Iba acompañado por una mujer, aparentaba ser un par de años mayor y era muy guapa, me gustaría ver fotos suyas de cuando tenía treinta.
Me incorporé y le miré a los ojos. Él recogió mi mirada y la guió hacia las chimeneas. Mi visión siguió a la suya y ambos contemplamos la refinería durante un instante. Nuestras miradas volvieron a encontrarse y él dibujó una expresión de resignación mal llevada.
Entablamos conversación y continuamos el paseo hacia la desembocadura del Palmones en mutua compañía. Él era muy extrovertido pero ella parecía necesitar algo más de tiempo.
Me explicó cómo era la playa de El Rinconcillo en el año setenta, cuando él vino a vivir aquí. No había petrolera y el puerto no tenía las colosales dimensiones que tiene ahora, debía ser un paraíso natural al estilo de Punta Paloma en plena ciudad de Algeciras. Al hombre le entristecía hablar de ello.
El tránsito de barcos, que ya no son de madera ni navegan a vela ni con remos y todos sueltan algo, el que menos, aceite. La gasolinera para buques al otro lado del Palmones. El boom urbanístico. Factores fatales para ese paisaje que fue paraíso hace menos de cuarenta años.
Y nadie protesta. Bueno, sí; algunas personas que no alcanzan a hacerse oír. Demasiados puestos de trabajo en juego, demasiadas familias dependiendo de aquellas fábricas de destrucción. Aquí casi todo el mundo tiene un familiar o un amigo trabajando en esta industria. La cara de resignación del hombre expresaba algo así como “me jode, aunque consigo comprenderlo”.
Me dijo que podemos presumir de tener el índice cáncer más elevado de España y me contó la historia de un familiar suyo que murió a causa de las sustancias aspiradas en una famosa industria cercana en la que trabajaba. Toda la maquinaria de la empresa se volcó en “apoyar” a la viuda, que tenía un hijo al que dieron un puesto de trabajo fijo a cambio de no denunciarles. Cómo iban a renunciar a un buen salario justo en el momento en que habían perdido al cabeza de familia, justo en el momento en que habían matado a quien traía el dinero a casa. Compraron su silencio con un puesto de trabajo que les evitó pasar a engrosar la lista de familias pobres de este país. Si he de ser sincero, me jode, aunque consigo comprenderlo”.

Sr. Gilmore

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