Algeciras al minuto

  • Diario Digital | domingo, 08 de diciembre de 2019
  • Actualizado 12:45

Cuanto peor, mejor

Quedan menos de veinte días para las votaciones del 10-N y el problema catalán no contribuye a facilitar el imprescindible consenso político que impida la propagación de esta crisis territorial -el más grave problema de este país- a todo el sistema constitucional.

Ante el problema catalán lo que corresponde es cerrar filas entre demócratas, y sin ambigüedades, porque las acciones de estos días destiñen una lógica de marketing dictada por la desesperación de Puigdemont y los turbios silencios de Torra o su variante de “cuanto peor, mejor”.

La derecha española utiliza esta situación porque nutre un estado de excitación que pretende abortar sin remilgos tanto la protesta pacífica como la insurrección violenta. Se cuece una temible mayoría de derecha para el 10-N detrás de cada contenedor quemado estos días en Barcelona.

Puigdemont fuera del juego institucional cocina a solas sus decisiones y sus tsunamis, sin que lo sepa su propio partido ni ERC. Tampoco nadie podrá mejorar los niveles de indigencia institucional de Torra y sus provocaciones para que intervengan la autonomía catalana con el 155 y cargarse así de razones para la victimización. Este es el señuelo que hay que evitar a toda costa, y mientras se pueda.

Ya se sabe que el papel de víctima es siempre el más rentable en un mundo dominado por la economía de la atención. Si los medios se tomaran en serio su labor informativa, sabrían que son manifestaciones perfectamente orquestadas desde el propio poder político y social de Cataluña. No es el tercer estado alzándose contra la opresión del rey y la nobleza o el proletariado frente a la explotación capitalista. Eso hay que tenerlo claro.

En Cataluña quien se está manifestando ahora son los grupos que controlan prácticamente todos los resortes de la sociedad catalana, desde la escuela pasando por los medios públicos hasta la propia Generalitat. Y han conseguido que la voz de los que no comulguen con ellos apenas se escuche. Esta es una rebelión de los poderosos a los que mueve el no serlo del todo, porque el Estado se lo impide.

Pero lo que más me preocupa es que la otra parte de Cataluña, la mayoritaria, la que sigue siendo leal, es la que está siendo silenciada. Es esa Cataluña de los que llegaron de fuera a lo largo del siglo pasado huyendo de la necesidad y la miseria, pero que se sienten y son catalanes. Y ahora son los que sufren el peso del discurso hegemónico independentista y tratan de pasar desapercibidos para evitar problemas.

Su sufrimiento es doble, porque también les duelen los errores de quienes desde el otro lado han ignorado la complejidad de la sociedad en la que viven. Estos son los auténticos perdedores en este conflicto y son los que deberían estar en la calle. Pero saben que su única defensa es el voto, que no es poco, porque al final resulta mucho más poderoso que mil manifestaciones o los cientos de actos de protesta independentista.

Ellos que irán a votar sin consignas el 10-N, son, sin ninguna duda, a los que les pertenece el futuro de Cataluña porque son los mensajeros de un mundo carente de una única patria obligatoria. Por eso, espero que alguna vez haya en Cataluña un Gobierno sin DUI y sin CUP, sin ensoñaciones ni unilateralidad alguna y con la posibilidad, tan largamente aplazada, de gobernar para todos. Y sobre todo para las capas sociales más abatidas, maltratadas y castigadas de la población. Todo eso espero de un gobierno de la izquierda, porque de la derecha no espero nada.