Algeciras al minuto

  • Diario Digital | sábado, 24 de julio de 2021
  • Actualizado 07:46
Mañana es mi cumpleaños. Y resulta evidente que, entre todos los cambios de nuestra civilización, ninguno es más impresionante que la prolongación de nuestras vidas por encima de los ochenta años. 
ángel luis jiménez
ángel luis jiménez

A veces, aunque se vaya convirtiendo en habitual, se te hace extraño. Una palabra común se vuelve rara, se convierte en pregunta. Cumplimos años como si resbalarse por el tiempo fuera una tarea.  

Cumplimos años como si alguien hubiera hecho una promesa y se enfrentara al momento de cumplirla. Cumplimos años como quien cumple con esa obligación, con esa fuerza de lo inevitable. Es otra forma extraña de la lengua, otra manera de no saber qué decimos cuando lo decimos. 

Ahora cumplir años se ha vuelto más banal. No es un juicio de valor, es una cuenta. Entre todos los cambios de nuestra civilización, ninguno más impresionante que la prolongación de nuestras vidas y sus esperanzas.  

Entre todas las actividades decisivas de una persona, pocas se han multiplicado tanto como vivir, cumplir más años. Hace cien años cada persona podía imaginar que tal cosa le sucedería unas cincuenta o sesenta veces en la vida; ahora es razonable esperar ochenta o noventa. Mi abuela vivió hasta 93 y mi madre hasta 98. 

Pero no por repetido el momento pierde su fulgor. Cada quien tiene, cada año, 364 días ajenos y uno propio: el cumpleaños es la manifestación individual de ese orden general que nos hemos marcado, según el cual vivimos acompañando al sol, en ciclos de 365 días, donde todo termina cada vez, empieza cada vez y se repite.  

El cumpleaños es el momento en que ese ciclo se hace historia personal, en que volvemos a vivir lo que habíamos vivido hace un año y lo que vivimos hace diez. Al mismo tiempo, un momento irrepetible: nunca más cumpliré seis, sesenta o setenta años.  

En cada cumpleaños lo repetido y lo único se confunden, se mezclan, es algo muy raro: nada se repite, pero nada es único. Así que el cumpleaños es un momento de festejo y un trago complicado, un día de celebración y de balance.  

Hay personas que lo detestan, otras que lo esperan, muchas que lo detestan y lo esperan; personas que lo ocultan y otras que lo exhiben despiadados. Para mí, es bueno cumplir años y, al mismo tiempo, no tengo que hacer nada para conseguirlo ni poder evitarlo. 

Acostumbrado a que cumplamos años, que todos sabemos nuestra edad, me choca que en algunos lugares de este mundo cuando preguntas por la edad o el cumpleaños, te miran como se mira a un forastero bobo: ¿de qué hablas? Te dicen. 

Saber cuándo naciste -no solo festejarlo- supone un buen sistema de registro, cierta educación, la idea de que cada quien se merece un día cada tanto: toda una idea del mundo. El mayor privilegio es no saber siquiera que lo tienes.  

Al fin y al cabo, cumpleaños es, como todo, solo una palabra, cuatro sílabas que amenazan más, porque hablan de lo inevitable. Es, por supuesto, pura casualidad que me haya sucedido a mí en estos días. Aunque fuera solo por eso me puse a pensar en la palabra: cumpleaños. Y me sorprendió, la sentí extraña. Pero ya lo sabemos: no hay nada más extraño que una palabra que usamos todo el tiempo.