Algeciras al minuto

  • Diario Digital | viernes, 05 de junio de 2020
  • Actualizado 01:44

Daños colaterales del coronavirus

Los daños físicos y la mortandad del virus covid-19 son evidentes. Ayer ya había 6.528 muertos. Pero hay otros daños, los psicológico, que ponen a prueba la resistencia de los profesionales, sanitarios y no sanitarios, que diagnostican y cuidan a los pacientes infectados con jornadas maratonianas y un estrés sostenido inédito hasta la fecha en sanidad.
Daños colaterales del coronavirus

También nos olvidamos de todas aquellas personas que padecen dolencias psíquicas para los que el aislamiento y la soledad son letales. Aunque el aislamiento sea la mejor medicina para vencer esta pandemia, siempre hay daños colaterales.

Los hospitales, especialmente en Madrid donde se concentra la mayor presión asistencial de España, han comenzado a organizar recursos psicológicos propios para atender a las plantillas. Sentimientos de culpa y ansiedad, y el olvido de las necesidades básicas son algunas de las emociones y comportamientos que describe el equipo de psicólogos y psiquiatras del hospital Gregorio Marañón. Primer hospital en poner en marcha este equipo para que, una vez pasada la crisis del virus, se puedan superar las angustias propias de los procesos de estrés postraumático que nos va a dejar esta pandemia.

El nivel de estrés y la exigencia en la toma de decisiones rápidas y dolorosas por el desborde de los recursos está pasando factura cierta a los sanitarios, de todas las categorías, y también a otros empleados que están en contacto directo con la realidad de los hospitales y son más invisibles: las celadoras, los limpiadores, las cocineras o el personal de mantenimiento. "No va a haber psiquiatras para todos cuando todo esto acabe", cuenta una enfermera del hospital Clínico San Carlos.

Un relato similar repite un cirujano. “Hay pacientes de 75 años conscientes y orientados que se ponen malos. Sin hueco en las UCI, los sedamos y se mueren”. Aunque el número específico de camas en UCI han pasado en tres semanas de 641 a 1.050, la presión asistencial obliga a hacer un triaje para priorizar qué pacientes entran primero o después en UCI. "Estamos dando casos por desahuciados que hace dos semanas no habríamos dado. Esta es la parte emocional que más nos mina a todos porque no estamos haciendo toda la buena medicina que querríamos", asume una anestesista de otro hospital madrileño.

También nos estamos olvidando en esta crisis sanitaria de aquellas personas que padecen dolencias psíquicas para los que el aislamiento y la soledad son letales. Y que pueden acabar en suicidio. Este problema de salud pública da unos datos aterradores. En España se suicidaron 3.539 personas en 2018 (últimos datos oficiales), el 74% hombres (las mujeres están más preparadas para la soledad y la depresión), y en el Campo de Gibraltar 25. En lo que llevamos de año más de 100, según el dato estadístico de 10 víctimas día. Verdaderos torbellinos de dolor que dejan como en el virus una vasta huella de sufrimiento. 

¿Qué se puede hacer para bajar estas cifras intolerables de suicidios? En primer lugar, acabar con el estigma y los tópicos, dice el psiquiatra Guillermo Lahera, especialista en trastorno bipolar y depresión. Por ejemplo, la mayoría de los medios de comunicación siguen manteniendo una especie de tácito acuerdo de censura para no hablar de suicidios, por miedo a crear un efecto imitativo. Pero al parecer no es cierto que tocar el tema fomente más muertes, sino todo lo contrario, siempre que el tratamiento sea el adecuado. No se debe entrar en detalles morbosos del suicido o de la muerte por coronavirus.

El secretismo actual convierte a los suicidas en apestados y multiplica el dolor de los parientes y amigos, hasta el punto de que algunos se sienten forzados a dar explicaciones absurdas: se cayó cuando estaba regando las macetas. No solo han de llorar una muerte, sino que la sociedad parece decirles que es algo vergonzoso de lo que deberían sentirse culpables. Es necesario sacar el suicidio de esas sombras abismales y tratarlo como un problema más de sanidad pública.

Así que ha llegado el momento de la solidaridad y combatir el virus covid-19 cumpliendo todas las medidas del Decreto de Alarma, ya prorrogado. Pero sin olvidarnos de la ayuda psicológica para todos esos profesionales que luchan en primera fila contra la pandemia, y para todas aquellas personas cuyas dolencias psíquicas les hace sufrir más el aislamiento y el confinamiento. Ha llegado la hora de convertirnos en actores sociales para estos daños colaterales del corona virus que afectan a unos más que a otros. Después de esta crisis, algo tiene que cambiar, seguro, entre nosotros. Dios lo quiera.