Algeciras al minuto

  • Diario Digital | jueves, 24 de septiembre de 2020
  • Actualizado 07:35

Desde mi balcón

Desde los aplausos de marzo y abril, balcones, ventanas y terrazas han recobrado algo de la relevancia que habían perdido sin que nadie se diera demasiada cuenta.
Desde mi balcón

Entre la intimidad hermética de la vivienda propia y la intemperie de la calle, el balcón y la ventana eran un espacio intermedio, abierto al mundo, pero también donde sentirse a salvo, permitiendo una efectiva fraternidad con los desconocidos sin romper la burbuja protectora del confinamiento, dice Muñoz Molina.

Yo no había pasado mucho tiempo en el balcón de mi casa, en verano por el calor y en invierno por el frio. Pero si tenemos instaladas tres jardineras y muchas macetas, con todo tipo de flores, especialmente azucenas blancas y rojas. Así que mirar por la ventana o sentarse en el balcón para contemplar la calle, el mar o el cielo requiere una cierta disposición a no hacer nada.

Muchas personas ya no recuerdan que el acto de mirar no implica necesariamente mirar una pantalla. La vida social de ventana a ventana y balcón a balcón se ha ido haciendo imposible según el ruido de los coches lo iba invadiendo todo o se iban cerrando los balcones y terrazas para ganar, no sé por qué, un poco más de espacio habitable. Hoy la planificación urbanística agiganta los edificios y los aleja unos de otros. Los vecinos y las vecinas de enfrente o de la misma planta han pasado a ser unos desconocidos.

En mi comunidad de vecinos, he observado que las cosas que disfrutan la mayor parte de las personas parecen superfluas e incluso ridículas para los arquitectos, pero lo mismo sucede a la inversa. Balcones y ventanas habían sido importantes cuando las personas se asomaban a ellos para hacer vida social, y para observar el mundo. Pero ahora, en nuestra época, la información sobre el mundo no llega a través de las ventanas, sino por las pantallas de televisión, los móviles, las tablets, la radio o las redes.

En el confinamiento por la pandemia, la inventiva humana solidaria organizó sin consigna alguna la ceremonia cálida de los aplausos a los sanitarios, y la inmovilidad forzosa nos llevó a muchos a descubrir no los territorios exóticos de las modas viajeras, sino el espacio más cercano, las vegetaciones caseras o el breve Edén que cabe en un balcón y hasta en el alféizar de una ventana. Ahora voy por la calle y alzo la mirada para curiosear las plantas que cultiva la gente de mi barrio o de Algeciras, mi ciudad.

Porque el que cuida sus plantas, incluso en el espacio reducido de un balcón, se sumerge en sí mismo y deja temporalmente en suspenso sus agobios, y no se pierde en fantasmagorías porque está anclado en lo real. El crecimiento orgánico es un antídoto contra la impaciencia. Decía Stuart-Smith, que a un exmilitar torturado por las pesadillas de la guerra la cercanía de un árbol lo serenaba porque era una presencia quieta y no amenazadora. La falta de vida social se compensa ahora con la compañía de las plantas de mi balcón. Y alguien que pase por la calle alzará los ojos y le dará alegría al ver mis azucenas.