Algeciras al minuto

  • Diario Digital | sábado, 06 de junio de 2020
  • Actualizado 05:53

El cordón sanitario

Europa se debate entre compartir el poder con la extrema derecha y establecer un cordón sanitario para evitar su entrada en los Gobiernos con sus discursos de odio, que se saltan todas las líneas rojas, atacando bajo el eufemismo de “consenso progre” a lo que, literalmente, constituye los cimientos mismos de nuestro sistema democrático.

El cordón sanitario

Vox mantiene un incendio continuo de las redes, especialmente en Facebook, con acusaciones falsas, bulos sobre el favoritismo en las subvenciones, incitación a la desconfianza y el discurso del miedo a los extranjeros, que además no se corresponde con la vida diaria de muchos pueblos y ciudades de este país donde su presencia es escasa.

Buena parte de eso se hace con financiación de origen extranjero, que no llega directamente, sino canalizada a través de organizaciones con las que comparte opinión como Hazte Oír, que según el Parlamento europeo recibe el dinero de su rama internacional Citizen Go. Los ultras tienen una agenda global y obtienen los dineros de los mismos fondos. Además, en España la financiación extranjera no está prohibida.

Otro aspecto peculiar de Vox es que cuando ataca a “las clases dominantes”, se refiere a los medios de comunicación y a la clase política, nunca a las elites, la burguesía o su clase empresarial, porque su vicesecretario general, Iván Espinosa de los Monteros, viene de una familia acaudalada de la nobleza española.

Los interrogantes son conocidos: ¿Cómo lidiar con ellos? ¿Qué provocaciones deben ser contestadas y cuáles ignoradas? Pero lo dramático es que debemos responder sabiendo que cuanto más los demonizamos, más los distinguimos del resto y más atractivos resultan a su potencial electorado, hastiados ya de las dinámicas de siempre.

“¿A quién votar? ¿A los mismos de siempre?, me dice un vecino, “Vox dice lo que queremos escuchar”, y añade otro, “Yo voto a Vox, porque estoy harto de todo”. Para finalizar diciendo: “No soy racista ni nada de eso, pero estoy harto de extranjeros”. Gente enfadada y con una gran falta de educación cívica, en definitiva, de ciudadanía. Y así nos va.

Además, la respuesta se complica por la decidida apuesta de Vox por la exageración, la mentira y el morbo bajo la demagógica excusa de responder al interés de la audiencia. El escabroso minuto de Abascal lanzando el falso dilema de “autonomías o pensiones” capta más nuestra atención que una sesuda explicación de cómo lograr la sostenibilidad de las pensiones.

Entonces, ¿cómo explicar que no todos los argumentos valen, que hay valores dignos de respeto, que sencillamente atacan al núcleo democrático que posibilita la existencia de debates y elecciones? El relativismo en esta cuestión, el todo vale, puede terminar volviéndonos insensibles a la mentira, que como nos enseñó Orwell es el caldo de cultivo de toda peligrosa represión.

Deberíamos preguntarnos por las intenciones de quien sitúa arbitrariamente fuera de cualquier valor compartido al adversario, ridiculizándolo con medidos eufemismos que esconden, en realidad, un salto antidemocrático de libro. Por eso, quizá ha llegado la hora de defender activamente la verdad como principio regulador, aunque esté en decadencia, para ayudarnos a todos a huir de la resbaladiza tentación del fanatismo.

Sin embargo, lo más peligroso es que ni PP ni Ciudadanos se han desligado de Vox en su propuesta de ilegalizar a los partidos independentistas. Y, digo yo, y si prueban de su propia medicina. Porque todos los dislates que he ido escuchando aquí y allá en los últimos tiempos y que consideraba rarezas o excepciones poco democráticas han engendrado una opción política con 52 diputados ultras y antisistema. Pero ¿al servicio de quién?

Conclusión: hay que estar más atento y responder a las provocaciones escuchadas en la calle. Porque llegó la hora de defendernos activamente de tanto odio, racismo y maldad, como han hecho en Alemania, Francia y otros países europeos, si no queremos algún día verlos en el poder, para desgracia de todos.