Algeciras al minuto

  • Diario Digital | sábado, 06 de junio de 2020
  • Actualizado 06:40

El populismo genuino

Aún no hemos oído el ruido del populismo genuino, el de los años treinta -los fascismos-, solo el berrinche de un electorado con ganas de dar una patada a la mesa. Estos no son buenos tiempos para el hastío o el cansancio de la política porque anuncian males mayores.
El populismo genuino

El populismo es uno de los principales enemigos de la democracia, por eso le tiene justo temor.

El populismo nace del encuentro entre el desencanto y la impotencia ciudadana, surgiendo siempre como reacción, y puede ser aprovechado por las fuerzas conservadoras o progresistas. Los populismos han emergido históricamente en momentos de derrota y declive social, cuando las transformaciones provocan el deterioro en los niveles de bienestar y las posibilidades vitales de buena parte de la ciudadanía.

Hoy existe un descontento generalizado respecto del funcionamiento de las instituciones y una notable indignación por las prácticas corruptas de un número significativo de las élites políticas y económicas; a ello se añade una sensación de impotencia pública, de inseguridad laboral, de reducción de las expectativas y de dificultad para mejorar la posición social. Así que no es extraño que el populismo haya regresado y esté entre nosotros, mirando hacia atrás en busca de tiempos mejores o peores.

Populismo hay en todos los partidos, en uno más y en otros menos, pero los populismos tanto de extrema derecha (populismo blanco como lo califica Pablo Iglesias en su libro con Enric Juliana “Nudo de España”) como de extrema izquierda (populismo reaccionario como lo define el profesor de ética Félix Ovejero) existen. Sin embargo, el populismo de derecha siempre vence al de izquierda cuando se confrontan, quizás, porque la izquierda si es populista no es izquierda.

El populismo ha devenido en una cáscara vacía que se llena poco a poco con los contenidos políticos más diversos y heterogéneos. El populismo no es un programa, es más bien una estrategia, un estilo, un marketing, que se utiliza como arma de propaganda político para obtener el poder, tratando de estigmatizar al adversario, pero está muy claro, y a sus efectos me remito, que el populismo no ayuda a reducir las desigualdades, sino que más bien las aumenta.

Casos como el de Pedro Sánchez diciendo que “los españoles nunca más pagarán el impuesto sobre las hipotecas”, o el exagerado discurso sobre la emigración (decenas de millones aguardan para entrar en Europa) de Pablo Casado han merecido declaraciones de sus oponentes como casos típicos de declaraciones populistas. Pero no olviden ambos que, si las dictaduras estrangulan, el populismo desangra.

Hacer política en la era de la incertidumbre, cuando la confianza en el futuro se pierde por mor de una crisis económica tan asesina como la que se ha vivido y cuando muchos ciudadanos tienen la certeza de que se les ha dejado por el camino, nos ha llevado a la resurrección de los populismos. Reafirmando la victoria de la economía (que no es democrática) sobre la política (que si es democrática).

La tarea, claro está, es la de profundizar mejor en la idea democrática, porque entonces la cuestión del populismo podrá encontrar una forma de respuesta que no será simplemente la de un rechazo inquieto, sino la de una vida democrática ensanchada, profundizada e interactiva en la que cabemos todos, redefiniendo de nuevo el contrato social y buscando sin excusas ni pretextos una sociedad más igualitaria, que sigue siendo la clave para entender mejor dónde estamos.