Algeciras al minuto

  • Diario Digital | domingo, 05 de diciembre de 2021
  • Actualizado 03:24
El Plan España 2050, que el presidente Sánchez presentó la semana pasada, es un documento prospectivo sobre España con vista larga y pasos cortos. También es una respuesta a uno de los mantras más repetidos en la vida política española: la ausencia de un proyecto de país en el que todos nos sintamos identificados.  
ángel luis jiménez
ángel luis jiménez

El Plan España 2050 tiene precisamente como objetivo contrarrestar el excesivo cortoplacismo del que adolece, por desgracia, nuestra vida pública. Retos como el cambio climático, los desafíos vinculados al reto demográfico, la función exponencial de la revolución digital o las incertidumbres geoestratégicas ligadas a la erosión del orden internacional liberal, suponen todos ellos elementos que requieren de un pensamiento con luces largas y gran angular y olvidarnos de las malas decisiones pasadas.  

Sánchez ha presenta en su Plan la España ideal de los próximos 30 años, pero la reacción de la oposición ha sido atroz, ha recibido como respuesta una mezcla de mofa y hostilidad en los medios y en las redes, que no conocíamos en este país desde el "que inventen ellos". Sin embargo, en mi opinión y en la de otros muchos, es un ambicioso documento donde se plantean los retos pendientes de una sociedad envejecida como la española, elaborado por expertos en todo tipo de disciplinas, especialmente economistas, aunque también sociólogos, científicos, expertos en educación o en transición ecológica con cátedras en universidades españolas y extranjeras. 

Los comentarios no se han concentrado en refutar los fundamentos técnicos del Plan España 2050. Ni sus supuestos. Ni los datos que soportan sus conclusiones y propuestas. Ni siquiera su oportunidad o el coste social de hacer - o no hacer nada-. Todo ello hubiera sido natural. Pero que se puede esperar de la oposición. Quienes hayan seguido con cierta atención lo escrito sobre las inversiones y reformas necesarias para el país propuestas desde la Universidad, la empresa o la academia, inevitablemente concluye que este documento recoge lo mejor de lo que colectivamente se nos ha ocurrido en los últimos 25 años.  

Pero, para algunos lo relevante es que se trata de documentos excesivamente largos y complejos elaborados por La Moncloa, aunque sus autores sean excelentes funcionarios públicos del Estado o expertos independientes que han trabajado desinteresadamente y que no se han cansado de manifestar que nadie ha interferido en su trabajo o tratado de manipularlos. Supongo que la crítica pasa porque este documento nos despierta de la ensoñación adolescente donde todo lo bueno es posible, sin compensaciones, sin costes y de forma inmediata.  

Porque, ¿Queremos acabar con 30 años de desempleo juvenil por encima del 25%? ¿Queremos mejorar la educación, la productividad y el salario real de los jóvenes? Pues chasquemos los dedos y la magia hará el resto. ¿Para qué planificar? ¿Para qué estimar sendas de convergencia a los objetivos que creemos deseables y posibles? Nada, igual que siempre: ¡que inventen ellos! Porque los que han mandado siempre en nuestro país siguen empeñados en arreglar el pasado en vez del futuro. 

Entrando en el documento, España 2050 incluye un primer capítulo destinado a afrontar uno de nuestros principales retos estratégicos: el incremento de la productividad y la mejora de la competitividad de la economía española. Frente a un escenario tendencial poco halagüeño, que supone un descenso del crecimiento potencial de nuestra economía entre un 0,3% y un 1,1% anual, el plan propone medidas para incrementar la productividad total de los factores y mejorar el dinamismo a largo plazo de nuestra economía, con el objetivo de lograr un crecimiento económico sostenido de hasta un 1,5% anual de promedio, reduciendo la brecha de renta per cápita que nos separa de los países punteros de la Unión Europea. Un objetivo preciso, medible y ambicioso. 

Para ello, el plan identifica las principales debilidades de nuestra economía, tales como el capital humano envejecido y especializado en trabajos que corren alto riesgo de quedar obsoletos con la digitalización, la deficiente implantación de las nuevas tecnologías en las pequeñas y medianas empresas, y un marco institucional y regulatorio poco proclive al dinamismo en los mercados de bienes y servicios. Partiendo de este análisis, sobre el que es difícil estar en desacuerdo, España 2050 propone una batería de orientaciones destinadas a acometer cambios en profundidad sobre cada uno de estos retos: incidir en el capital humano y en la educación a lo largo de toda la vida, estructurar adecuadamente el sistema de innovación, haciendo más efectivos los esfuerzos públicos y favoreciendo la participación privada en el desarrollo y la comercialización de propuestas innovadoras.  

Además, el plan incluye una reforma de la administración pública y el incremento de la lucha contra la economía sumergida. En definitiva, grandes ejes que enlazan con el plan Next Generation y los recursos europeos disponibles, que apuntan en la buena dirección y entre los que quizá faltaría una reflexión sobre la aún pendiente transformación del ineficiente sector empresarial. Lógicamente, no se puede pedir a un documento con las miras puestas en los próximos 30 años, que detalle todas y cada una de las recomendaciones. Debe ser cada gobierno, atendiendo a sus preferencias y a su mandato democrático, el que oriente la acción pública hacia uno u otro instrumento, pero la brújula que representa a la España 2050 está perfectamente orientada, y será difícil que nadie que haya pensado en nuestra economía más de dos minutos disienta de esta orientación general. 

Esperemos que el futuro desarrollo del plan España 2050, y su concreción, permita ser todavía más audaces en sus propuestas de futuro a los excelentes expertos que han contribuido en el mismo, por supuesto desde la independencia y la libertad de pensamiento. Ojalá sea así.