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  • Diario Digital | sábado, 27 de noviembre de 2021
  • Actualizado 18:32

Una guía para cambiar el capitalismo

La economista italoamericana Mariana Mazzucato, en su libro, “Una guía para cambiar el capitalismo”, establece una salida para esta pandemia devastadora, intentando convencer a los gobiernos y organizaciones internacionales para que sean ambiciosos y vayan más allá del papel reparador de nuestras maltrechas economías.
Una guía para cambiar el capitalismo

El progresismo debe ir más allá de la redistribución y convertirse en motor de innovación: ha de invertir y experimentar, como los emprendedores, “pero la izquierda se ha vuelto perezosa y no sabe ya crear riqueza”.

Mariana Mazzucato, profesora de Economía de la Innovación y Valor Público en el University College de Londres, es una mente provocadora, ágil y brillante que se disputan los gobiernos de medio mundo como asesora y que ha puesto en entredicho el sacrosanto papel protagonista de los empresarios en el crecimiento económico, reivindicado la necesidad de un Estado fuerte, pero reinventado.

Mazzucato, capaz de diseñar objetivos globales e influir en el diseño de los mercados, cree que solo al saber de antemano qué se persigue será posible determinar cómo hacerlo del modo más eficaz y beneficioso para todos. Ahora ha publicado “Misión economía”, una guía para cambiar el capitalismo. Y “No desaprovechemos esta crisis”, un recopilatorio de algunas de sus últimas colaboraciones en prensa y radio.

Su idea consiste en que, a la hora de diseñar una política económica, esté orientada por un propósito y un resultado determinado. Por eso debe plantearse como si fuera una misión. Ir hasta la Luna y regresar era una misión. Hoy los desafíos están englobados en los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que Naciones Unidas estableció en su Agenda 2030: pobreza cero, paridad de género… Cada uno de ellos puede convertirse en una misión concreta, y lograr que todo el conjunto de la economía trabaje a la vez en ellos.

Pero necesitamos un nuevo modelo de sector público. Y también un modelo diferente de la colaboración público-privada. Dos tareas igual de complicadas, porque existen serios problemas en ambos terrenos. Las instituciones del sector público no se ven a sí mismas como organismos orientados por una misión concreta. Han sido entrenadas por los ministerios de Administración y Economía para actuar en el mejor de los casos únicamente cuando existe un fallo en los mercados. Y se trata de que la economía sea una creación conjunta de lo público y lo privado.

Dice Mazzucato que en la UE tenemos un plan de recuperación con condicionalidad en las inversiones. Después de la crisis financiera anterior, la condicionalidad fue la austeridad. España recortó su inversión en investigación pública un 40% para poder reducir el déficit. Algo estúpido, como reconocen hoy el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Cada uno de los Estado miembros debe replantearse el modo en que funciona su Administración pública, su sector público y su capacidad sobre el terreno para enfrentarse de un modo serio a los desafíos de esta crisis.

La parte más complicada es implicar a los ciudadanos en este nuevo diseño de la economía, en los proyectos locales, que es donde podemos aprender. Porque la gente se reúne en las asociaciones vecinales o sociales y adquiere conocimientos, se implica, y acaba invirtiendo en su propia capacidad. No pueden ser solamente los economistas, los líderes empresariales y los políticos los que se limiten a decir a todo el mundo lo que hay que hacer. En áreas concretas, como la tecnológica, puede funcionar. Pero cuando lo que se pretende es definir una misión social, como combatir la desigualdad, o incluso el cambio climático, es necesaria la participación. Si no, la gente se desentiende y no cambiará.

Y no podemos caer de nuevo en el error de cómo afrontar los déficits públicos en que hemos incurrido, porque si volvemos a caer en ese error, no solo será una oportunidad pérdida sino un crimen. Sabemos que la pandemia ha sido mucho peor de lo que debería haber sido. Pero si hubiéramos tenido sistemas de salud pública fuertes, si hubiéramos pagado lo que les correspondía a estos que llamamos “trabajadores esenciales”, la situación sería diferente. La austeridad masacró esa infraestructura social en nuestro país. Una educación pública adecuada, una sanidad pública digna, un buen sistema de transporte público…, todo eso muere cuando se impone la austeridad.

Un problema para aplicar sus teorías, según Mazzucato, es que la izquierda se ha vuelto muy perezosa, por ejemplo, en Latinoamerica. Aunque en Europa tenemos el mismo problema, pero a un nivel diferente. Todo el discurso se centra en la redistribución. No existe una narrativa progresista adecuada que explique bien de dónde surge la riqueza. Mazzucato cree cada vez más en la necesidad de hablar de la predistribución. Pero eso necesita un discurso y una discusión diferente. Por supuesto, que necesitamos una política fiscal progresiva, para redistribuir, pero la agenda progresista necesita centrarse también en la creación de riqueza para que haya algo que redistribuir, aunque a algunos les resulte aburrido como mensaje.