Algeciras al minuto

  • Diario Digital | jueves, 16 de septiembre de 2021
  • Actualizado 17:18

Y tú, ¿de quién eres?

Mi madre, que murió con 98 años, siempre preguntaba a los amigos y compañeros de trabajo que le presentaba: "Y tú, ¿de quién eres?". Quería saber con quién se juntaba su hijo, pero también identificar a la persona dentro de una familia y un contexto social y así poder controlar la situación.  
ángel luis jiménez
ángel luis jiménez
Y tú, ¿de quién eres?

En la identidad empieza el poder. Proyectamos una imagen que nos permite pertenecer a un grupo o atraer a la gente. Los políticos lo saben muy bien, quieren que nos identifiquemos con ellos, que seamos de su PSOE, de su PP, de su Podemos y ahora de Vox.  

A tal fin, no cabe la reflexión, hay que buscar respuestas emocionales inmediatas. Así pasaba cuando Felipe González se ponía la cazadora de pana en los mítines. La herramienta más eficaz en política es el marketing, donde la imagen juega un papel clave. Pero esas imágenes deben corresponderse con la realidad, sino estamos engañando.   

Porque estamos ante un nuevo marketing político que ha ido degenerando poco a poco en una guerra sin cuartel, donde las campañas electorales copian al mundo comercial, pero no adoptan sus reglas de juego, ni los límites legales de la publicidad. Mentir no es libertad de expresión, es engañar, y debe prohibirse radicalmente. 

En este sentido conviene distinguir entre dos tipos de compromiso con un partido o con una comunidad política: el primario y el derivado. El compromiso primario se contrae directamente con el partido o con la comunidad por la simple razón de que son los míos, los de toda la vida, hagan lo que hagan.  

Por su parte, el compromiso derivado es el que contrae un ciudadano con una comunidad política o con un partido porque le parecen instrumentos eficaces para plasmar en la vida corriente los valores y principios que realmente aprecia, o porque cree que beneficia a sus intereses.  

En ningún caso, su identidad política o partidaria debe formar parte de su identidad moral, sobre todo cuando escucha decir que el infierno son los otros. Porque en política lo que nunca se puede arrojar por la borda es algo tan indispensable para progresar como es la autocrítica.  

Los políticos quieren venderse en imágenes incuestionables, aunque no de derrota, sino de triunfo, pero a menudo no hay ninguna verdad que pueda ampararlos y entonces la crean. Las dictaduras y las campañas electorales utilizan el efecto de la exposición repetida del retrato del líder con actitud heroica o positiva para aumentar su carisma y popularidad.  

Las imágenes de poder usan arquetipos con probada aceptación popular. En las últimas elecciones generales, el cartel electoral de Pedro Sánchez presentaba un primer plano del presidente avejentado, lo que dotaba a su expresión robótica de inteligencia y humanidad, junto a un mensaje sencillo, "Haz que pase".  

Quizás se aplicó la pegajosidad, método que aumenta el reconocimiento, el recuerdo y el reforzamiento de una idea, con excelentes resultados para Obama en el viralizado e icónico cartel del artista Shepard Fairey, donde aparecía sobre la palabra "Hope" (esperanza). 

Trataron de hacer lo mismo con Gabilondo, pero su rostro serio no recordaba a un viejo sabio, sino a un cenizo con el que contrastaba victoriosamente Ayuso, cuyos rasgos juveniles y su lema, Libertad, eran una propaganda inmejorable en un contexto de hartazgo ante la pandemia. 

Algunas imágenes cobran fuerza no por su potencia visual, sino por encarnar ideas, como la foto de las Azores o las de Colón, lugar donde la derecha escenifica su rechazo a los gobiernos de izquierda con los líderes del PP, Ciudadanos y Vox juntos y peligrosamente revueltos.  

Estas fotografías funcionan como una suerte de contratos que comprometen a sus participantes, para bien o para mal. Recordemos que, tras el 11-M, la foto de las Azores se tornó ignominiosa, y también que Albert Rivera inició su caída en picado tras el trío de Colón. 

Tal vez lo más específico del siglo XXI sea la facilidad para capturar a los demás en imágenes. Cualquiera puede fotografiar hoy a un poderoso gracias a los móviles, amén de las cada vez más omnipresentes cámaras de seguridad.  

Por otra parte, nuestra sobreexposición a las imágenes las vuelve fugaces y poco memorables. Además, hoy se puede ir muy lejos en la manipulación técnica. Ya no se trata sólo del retoque fotográfico, que siempre existió, sino de la creación de imágenes falsas, en consonancia con las fake news.  

Como la vida y la historia son pura paradoja, esta vuelta de tuerca nos lleva de cabeza a la vieja idea de que vivimos en una simulación, que todo es engañosa apariencia. Y tú, ¿de quién eres? Pues mire, yo soy un descendiente de los habitantes de la caverna platónica. 

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