Algeciras al minuto

  • Diario Digital | miércoles, 20 de enero de 2021
  • Actualizado 18:12

Firma invitada. Francisco Oliva: Una oportunidad histórica para Gibraltar y España

Si nos guiamos por la interpretación de los hechos que hacen algunos articulistas de prensa nacional sobre el principio de acuerdo alcanzado entre los gobiernos de España y Gibraltar para establecer una relación futura, la cuestión es poco menos que completamente intratable a menos que sencillamente se plante la bandera española en lo alto del peñón para poder olvidarnos del tema para siempre.
Firma invitada. Francisco Oliva: Una oportunidad histórica para Gibraltar y España

Una visión quimérica y absoluta del problema sin ninguna fisura ni válvula de escape, que condena a gibraltareños y españoles a seguir atrapados en un conflicto territorial de siglos, en un enfrentamiento permanente sin posibilidad ni perspectiva de solución o entendimiento. Pero tampoco nos engañemos, comparado con otros puntos calientes y reclamaciones de soberanía del planeta, esto es un juego de niños, un sudoku para diplomáticos y políticos aburridos que a veces alcanza la categoría de algo molesto o incomodo que dura cinco minutos, y no es capaz de quitarle el sueño a casi nadie.

Mas allá de las cuestiones diplomáticas que rodean al contencioso, una super burbuja inflada por distintos intereses, por retóricas políticas de toda índole y por constantes desacuerdos fruto de abstracciones ideológicas, de juicios de valor y dictámenes sumarios que se emiten a miles de kilómetros – Londres y Madrid – el tema de Gibraltar, en última instancia, es poco más que una disputa de familia que se ha ido perpetuando, atascando en el tiempo.

Cuando vamos a la raíz del contencioso, vemos que no es nada más que eso, una riña provocada por el cierre de la frontera de 1969 que dividió a Gibraltar y La Línea que eran un mismo pueblo, como Berlín, (si bien separados simbólicamente por una valla), aislando al peñón tras un muro inexpugnable, y amputándonos físicamente de nuestro entorno natural, también emocional y psicológicamente. El resultado inmediato fue que nos vimos obligados a arrojarnos en brazos del colonialismo inglés como acto de mera supervivencia.

Philip K Dick podría muy bien haber imaginado donde estaríamos hoy de no haber mediado ese cierre de infausto recuerdo.

Pero el mundo real es otra cosa y lo verdaderamente importante es lo que vaya a pasar a partir de ahora. El pasado está ahí, con sus desencuentros y rencillas, y más atrás en el tiempo, con sus guerras y sus conflictos. Eso ya es inamovible, pero el presente es un flujo en movimiento y el futuro esta aun por escribir, y de ahí la importancia del principio de acuerdo político alcanzado por el primer ministro de Gibraltar Fabian Picardo y la Ministra de Asuntos Exteriores de España, Arancha González Laya.

Un entente que desde el respeto mutuo sienta las bases para la consecución de un tratado de cooperación y libre movilidad de personas y potencialmente de mercancías también, cuya finalidad sea la creación de oportunidades empresariales a ambos lados, la creación de actividad económica que consiga distribuir riqueza, y reequilibrar la actual situación de dependencia que tiene el Campo de Gibraltar hacia Gibraltar.

La ‘zona de prosperidad’ de la que habla el acuerdo no es un eufemismo sino algo muy real que La Línea de la Concepción necesita para salir del atolladero de paro y economía sumergida en el que se encuentra. Porque hablamos de la realidad cotidiana de la zona, de miles de personas con nombre y apellidos, con familias que mantener, con hijos que criar que no tienen más remedio que cruzar la verja a diario para poder hacerlo. Ciudadanos españoles que tiene un puesto de trabajo y un medio de ganarse la vida dignamente que lamentablemente no han encontrado en su propio país. Quien se ocuparía de ellos si el telón de acero del Brexit duro cayese sobre nuestras cabezas?

Gibraltar y España tenían dos opciones, o trabajar conjuntamente para alcanzar un tratado de largo alcance que nos permitiera protegernos de los efectos nocivos, del callejón sin salida en el que el Brexit colocaba a Gibraltar y el Campo de Gibraltar, o permanecer atrapados en posiciones ideológicas muy enquistadas en las historia, en nacionalismos obsesivos más propios de épocas antiguas que de la actualidad.

Afortunadamente ha prevalecido el sentido común, y los políticos tan denostados en ocasiones, han mostrado una altitud de miras y una generosidad encomiables a la hora de poner el bien público por encima de sus propias convicciones a veces mezquinas y cortoplacistas, de primar el pragmatismo que ve a las dos comunidades como elementos interdependientes, complementarios y compatibles, por encima de otras consideraciones excluyentes. El Campo de Gibraltar necesita a Gibraltar y Gibraltar necesita al Campo de Gibraltar y por extensión a España, la realidad socio-económica que va inexorablemente de la mano de la geografía. Nosotros aportando las inversiones de capital a través del centro financiero y el Campo de Gibraltar proporcionando una zona franca con terrenos edificables donde estas inversiones se convertirán en realidad económica, la mano de obra y servicios adicionales; una suma cuyo total es superior a las partes. 

Además existen numerosos informes producidos por entidades empresariales a ambos lados que apuntan que ya en la actualidad, Gibraltar y el Campo están unidos por una comunión de intereses económicos simbióticos, que al abrigo de este avance diplomático sin precedentes, podrán multiplicarse exponencialmente.   

Y antes que a un lector avezado se le ocurra pronunciar las palabras ‘paraíso fiscal’ señalarle amablemente la existencia de un tratado fiscal internacional firmado recientemente por España y Reino Unido en relación a la fiscalidad de Gibraltar que establece el principio de intercambio de información y transparencia e incluso permite a técnicos de Hacienda acceder a documentación fiscal en Gibraltar, sobre residentes de cualquier nacionalidad con intereses económicos o de segunda residencia en España. Otra realidad incuestionable que ahuyenta a una bestia negra, la del paraíso fiscal que ha emponzoñado las relaciones políticas entre nuestras respectivas administraciones durante décadas.

Cuando cerro la frontera con Gibraltar en 1969, miles de linenses tuvieron que emigrar al extranjero porque se quedaron sin ningún sustento de la noche a la mañana. La realidad de la zona es que al margen de las inversiones en complejos industriales e instalaciones deportivas que realizo el régimen del General Franco a principios de los 70, en el periodo democrático ningún gobierno de izquierda o derecha, sea del PSOE o del PP, hizo prácticamente nada por mejorar la situación, con el resultado que en la actualidad la lacra del narcotráfico se ha afianzado en la comarca como hemos visto en el famoso documental de Netflix de ominoso título ‘La Línea, a la sombra del narco.’ Y podría ser peor sin Gibraltar. Esta es la triste realidad y una actitud puramente irredentista preconizada por columnistas desde atalayas alejadas del contexto existente, no solventaría los acuciantes problemas de esta parte olvidada de España. 

El acuerdo le daría herramientas eficaces a la ciudad para combatir esta plaga social – el estado por fin ha reaccionado en el frente policial y judicial – además de la posibilidad de crear infraestructuras, apoyar la creación de empleo y oportunidades académicas y técnicas sobre todo para la juventud. La Línea acapara suficientes méritos humanos, culturales y comerciales como para no merecer ser señalada como epicentro de algo tan terrible.

A veces el presente nos brinda condiciones favorables para rectificar errores del pasado, cicatrizar aquellas heridas emocionales que arrastramos como peso muerto encadenado a nuestros cuellos. Momentos claves donde los que ostentan el poder están llamados a diferenciarse, a hacerse notar, mostrando una evolución de pensamiento y la visión política necesaria para acometer medidas decisivas por el bien general de sus conciudadanos. Abrazar esa oportunidad es apostar por un futuro más productivo para ambas comunidades, por un destino común y compartido para que el resultado sea una mejora apreciable en nuestras vidas.