Algeciras al minuto

  • Diario Digital | domingo, 16 de mayo de 2021
  • Actualizado 20:00

En eterno desequilibrio

Por más años que pasen, y van 29, persiste grabado a fuego el shock de mi primer contacto con la comarca. Llegué a Algeciras un noviembre de 1992 tras mil horas en un tren Bilbao-Málaga y un bus que me aparcó en un espantoso paseo marítimo. Traía la ilusión de los 23 años, la carrera de Periodismo recién terminada y los nervios por un posible trabajo en Radio Algeciras de la Cadena Ser.

En eterno desequilibrio

En un apartamento en el barrio del Rinconcillo deshice la maleta y salí a a la calle. Ya era de noche pero necesitaba aire (quién me iba a decir lo que cambiaría mi concepto de «viento») y explorar. La imagen en la playa cercana me descongestionó de golpe.

Qué maravilla, pensé: de fondo el perfil de Gibraltar (en mi mente sólo constaba en los mapas) junto al agua brillante rodeada de luces por todas partes. «Esto tengo que verlo mañana con luz», me dije y volé allí nada más despertar. Les aburriría si describo lo que sentí. Chasco y bajón es poco.

Mi cabeza estalló gritando: «pero, ¿qué es esta barbaridad?». Me frotaba los ojos pero ahí continuaba el horror destrozando el impresionante espectáculo de esa bahía: un espanto de chimeneas disparando humo, moles de grúas y gigantescos barcos con edificios de contenedores a bordo cerca de la playa entre otros mastodontes de acero. No daba crédito.

Estaba espantada pensando que aquel lugar algún día habría sido virgen. Cuando pude ver fotografías antiguas que atestiguaban la belleza del enclave, me tiré de los pelos. Con el tiempo fui conociendo la idiosincrasia y peculiaridad del territorio y sin embargo, nunca lograré naturalizar la estampa de los vecinos económicos rodeando el portentoso paisaje. Lo que llaman “desarrollo sostenible” es un eufemismo Insostenible e Insoportable en medio de regalos naturales de esta envergadura. 

Ese brutal contrapunto es sólo un simbólico ejemplo de lo extraño, ininteligible y singular que resulta el Campo de Gibraltar. Siempre digo que reúne lo mejor y lo peor –junto y revuelto– del mundo en miniatura. Pero le fallan las proporciones; la clave de su eterno desequilibrio.

Mantras, chupitos, medias verdades y mentiras

Un chupito por cada promesa para el Campo de Gibraltar nos habría condenado a los periodistas locales –de haberlo tomado en serio– al millonésimo proceso de desintoxicación. Lo mismo que la repetición del exprimido mantra de su “potencialidad geoestratégica”.

A la cenicienta campogibraltareña le sobran titulares para niños, se le acumulan humillaciones tras infinitos incumplimientos casi siempre por las mismas demandas (de ahí que se apelliden «históricas»). Le pitan los oídos de escuchar medias verdades y burdas mentiras aderezadas de cansinas expresiones: «estamos trabajando o pendientes de», «en breve saldrá a licitación», «ultimamos la redacción del proyecto»... Qué aburrimiento, cómo motivarse para redactar “El Vacío Repetido”.

Ejemplos del hastío por “Vacíos Repetidos”

Seguro que ya los conocen.

Qué decir de la irritante cuestión de la vía ferroviaria del pleistoceno: la electrificación de la Algeciras-Bobadilla que políticos locales y visitantes venden sin fondos reales como el ingente movimiento de contenedores del puerto de Algeciras (con su potencial estratégico of course... De nuevo, chupito) que anuncian los descubridores de la pólvora al acercarse al puesto de venta de motos. Esos contenedores que les llenan de orgullo pero que viajan sobre un lecho ferroviario para tartanas.

¿Y el desdoblamiento de la carretera Algeciras-Tarifa? ¿Eh? Reirán (por no llorar) mis compañeros de oficio. Venga chicos, pongamos dedos y manos intentando recordar cuántas veces «van a reclamar, estudiar, redactar y blablablá» el proyecto. 

Se pavonean por el filón turístico de Tarifa mientras cada verano abochorna la imagen tercermundista de coches atrapados en dicha vía camino a sus playas. A más de un vehículo oficial le tenía yo –y sin aire acondicionado– una jornada de julio y agosto, carretera arriba, carretera abajo, Algeciras-Tarifa, Tarifa-Algeciras. 

También les daba una vuelta por las zonas donde se esconde (a veces ni eso) y gesta el “narco”. El tráfico de drogas se nutre (además de la posición geoestratégica, o sea, chupito) de deteriorados contextos socioeconómicos que al político compete resolver. Supuestamente el famoso Plan de Seguridad para el Campo de Gibraltar «trabajaba en ello». ¿Qué chaval ganando pasta fácil y rápida por dar chivatazos a las mafias iría a currar por un sueldecito o asistiría a curso de formación de no sé qué? No me río porque gracia, tiene poca.

Qué bien vende la política los éxitos policiales –y me consta que son de medalla– pero no olvido cómo se desgañitaban los agentes pidiendo refuerzos y vehículos decentes que sustituyeran a la chatarra con ruedas con la que se enfrentaban a encontronazos literales y persecuciones a los narcos. Pero apagar la olla donde se cuece el caldo de cultivo de la actividad delictiva es imposible mientras no se lo crean los propios políticos. Para desmantelar estos focos por ejemplo en barriadas históricamente marginales de Algeciras y La Línea hay que entrar arrasando con apuestas sociales y económicas serias, valientes y realistas. Con espíritu de trabajo de pico y pala, visión de futuro e intenciones sinceras. También en escenarios de guante blanco camuflados de lujo y tranquilidad, como Sotogrande, en San Roque o entornos rurales. Que el cinismo coloca cómodas vendas.

Pero la cadena de despropósitos es infinita: las investigaciones policiales que han costado sangre, sudor y lágrimas se colapsan después en los juzgados y más de un delincuente se va de rositas. ¿Y el macroproyecto de la Ciudad de Justicia para el Campo de Gibraltar? ¿Y el refuerzo SERIO Y DEFINITIVO –no los apaños– en las plantillas de los juzgados para atender el quinario de causas por narcotráfico?

Las fronteras no son asunto baladí es una comarca donde las hay a diestro y siniestro. Límite entre Europa y África, otro en las conexiones comerciales a nivel mundial del puerto de Algeciras y ay... la verja con Gibraltar. La idiosincrasia de esta franja fronteriza que une y separa –Ya el Brexit lo dejamos que da para folletín aparte– La Línea del Peñón sólo se entiende sobre el terreno. Me ha costado años y a veces dudo que comprenda su latido particular.

Qué contrastes, qué chocante todo y sin embargo que normalidad envuelve el tránsito diario de miles de personas mientras la política se empeña en sangrar heridas inútiles que sólo a ella valen, con inquina y odio apolillado con banderas de colores. Los trapos no se comen señores rojigualdos de patria y mensaje barato. No tienen ni pajolera idea.

Que las fronteras se asocian al trapicheo no puede negarse pero en esta resulta fascinante el engranaje de familias y hogares compartidos por muchas que sean las rencillas. No es una visión buenista. Es el mérito personal y virtud de los individuos que construyen la convivencia diaria entre peleas y lastres de todo tipo.

 Paso a otro extremo. Un clásico y sin embargo sin la atención que merece. Naturaleza y medioambiente en el Campo de Gibraltar. Otro de mis primeros shocks comarcales. Este inmejorable: la primera ojeada al verde entre otros, del término de Los Barrios rompiendo tópicos que tanto daño hacen (Hay que viajar más...). Juro que pensé que estaba pasando por País Vasco y/o Asturias.

El Parque natural de Los Alcornocales no es sólo un título. Es una de esas extensiones impresionantes desconocidas a pocos kilómetros de donde se ubica, como el trágico problema de la seca del alcornocal. Si son años de promesas de «estamos trabajando en resolverlo», imaginen mis esperanzas en que se enfrenten la nueva plaga en el Parque Natural del Estrecho. No quieren ver la devastación del alga invasora “rugulopterix okamurae”. Retirar toneladas de arribazones putrefactas en las playas (que por cierto pagan los ayuntamientos) no revive la flora y fauna marina que silenciosamente está matando el bicho. No será por denuncias, también del sector pesquero artesanal. Esta tragedia medioambiental les va a estallar en la cara.

Y como joyas no puedo dejar de mencionar a dos de mis perdiciones rurales. Castellar y Jimena de la Frontera –de este último tenemos nuevo municipio independiente: San Martín del Tesorillo. Que aquí no falta de ná–, que en mi opinión son tratados de manera residual, como si fueran poco más que el toque bucólico rural para echar el domingo.

Cambio de tema. Uno que siempre me ha dejado patidifusa. Frente a la maravilla de la ciudad romana de Baelo Claudia –uno de mis lugares favoritos– el tabú del yacimiento de Carteia, en San Roque, sepultado bajo el mayor polígono industrial (incluido su polo químico) de Andalucía. Oh, qué malos somos los que decimos esto..., pero como “pequeño” detalle: tiene un teatro de dimensiones similares –lo que queda de él– al de Mérida. Pero el elefante de la refinería se queda allí aunque llegara el último. También con respecto al vecindario que respira y traga su fragancia. Sí, ese todopoderoso que genera tropecientos mil puestos de trabajo en un Campo de Gibraltar con índices de paro de vértigo. 

Aquí hay que “convivir” con sus contrastes y su eterno desequilibrio como si fuera condena. A algunos oídos suena a delito –y así lo he comprobado– plantear lo de que de feo y espantoso tiene aunque a renglón seguido describas sus virtudes. Precisamente porque las valoro (y esto es un resumen de ambas cosas) me duelen como todo lo que considero injusto.

Es como al amigo al que le cantas las cuarenta porque deseas su bien. Es lo que yo hago, no con conocidos o los que se dicen compadres, sino con Amigos de Verdad. Para mí, son palabras mayores.