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  • Diario Digital | miércoles, 28 de octubre de 2020
  • Actualizado 22:02

Cartas al director. Surf en Tarifa

Por Federico Sierra

En las costas atlánticas de la península ibérica es muy frecuente el viento de poniente, el céfiro griego, el viento que me lleva a casa. Cuando tiene cierta intensidad y permanece constante durante varios días, se genera un efecto llamado fetch que origina unas olas, un estado de la mar, que se denomina según la altura de las olas marejada, fuerte marejada, mar gruesa, etc.

 

Cartas al director. Surf en Tarifa

Cuando la intensidad del viento afloja al cabo de los días, las olas se van organizando naturalmente, la mar, en general, se va allanando y empiezan a verse una olas largas, redondeadas, suaves, como las ondas en círculo que se ven en un estanque cuando arrojamos una piedra; estas olas pueden llegar a alcanzar hasta varios metros de altura. Es el mar de fondo, o mar de leva. Cuando llegan a la playa se ve cómo se levantan crestas altas, potentes, espumosas, que rompen con gran estrépito en la orilla. Los surfistas navegan sobre sus tablas más allá de las zonas de rompiente, hasta donde las olas empiezan a levantarse por la pérdida de profundidad del mar, y aprovechando el impulso de esas olas, se deslizan por sus crestas aproximándose, dibujando pirueta tras pirueta, hasta llegar a la orilla para volver a empezar de nuevo. Todo un espectáculo para los que están en la playa en ese momento. La técnica de ese deporte cuando está bien aplicada se convierte en belleza, armonía.

Todas esas olas, de viento y de mar de fondo, cuando ocurren en las inmediaciones del cabo de Trafalgar, modifican las condiciones de la navegación costera, donde los cambios de profundidad son importantes, las corrientes suelen ser de mayor intensidad, y la navegación es mucho más exigente; la tripulación debe ser experta y conocer bien los pasos.

La pandemia, brutal en los primeros meses en España, no termina de estabilizarse y nos encontramos con los rebrotes, los conflictos económicos, los conflictos partidistas, los conflictos territoriales, los conflictos institucionales; todos ellos presentes desde hace muchos años: Estamos navegando por el cabo de Trafalgar bajo unas condiciones de mar muy exigentes, cuando el trabajo en equipo es más necesario, más importante. El capitán del barco, líder fundamental, tiene el apoyo suficiente, numéricamente, de otras tripulaciones más afines, y no sabe, o no quiere, sentarse para buscar más apoyos necesarios en otras tripulaciones que están en el mismo barco, opuestas frontalmente al capitán que tiene la responsabilidad de gobierno.

Igualmente, las tripulaciones que no tienen responsabilidad de gobierno, antes del temporal ya se mostraban frontalmente opuestas al capitán del barco, democráticamente elegido. Con el inicio de la pandemia siguieron manteniendo la oposición, y ya es descaradamente encarnizada.

Todas las tripulaciones presentes en el barco son necesarias para priorizar todas las maniobras que requieren los conflictos más perentorios, que son la crisis sanitaria y la crisis económica, dentro de todos los planteados.

Hoy día parece que la situación es de ruptura total. Todas las tripulaciones parece que están ya organizadas en dos grandes grupos, diferenciados por sus planteamientos y determinados numéricamente por una exigua mayoría gubernamental. Y las condiciones de navegación siguen siendo dificilísimas, quedan muchas millas por delante de la proa para llegar a aguas más favorables y recuperar la formación en flotilla en la escuadra de la UE.

No podemos caer en la trampa de pensar que sólo hay un culpable. Para unos uno, para otros otro. En circunstancias tan complejas que afectan a más de 47 millones de personas y los graves riesgos a los que están sometidos, la responsabilidad de todos los que se han decidido por confrontar como mejor opción está compartida, con una cuantificación que puede ir desde una horquilla de 51% por 49% hasta donde se estime, pero desde luego no el 100% por 0%. Todas las tripulaciones están tomando decisiones para confrontar y todas tienen que asumir su responsabilidad. Claro que la clase política es la que menos responsabilidad asume en la sociedad española.

Y eso es así puesto que el barco está en grave riesgo, entra agua, se rompen elementos necesarios para la navegación, no hay suficientes botes salvavidas, las ayudas no están cerca ni son fáciles. Y, además, si continúa esta confrontación, las condiciones de las ayudas se van a modificar o peor todavía, el barco se puede romper y hundirse.

Estas tripulaciones están pensando que al menos la mitad de los 47 millones de personas les apoya; por lo que la otra mitad son daños colaterales. O si el barco se rompe, más de 47 millones de personas caerán al agua, y nada de esto ha servido para nada. Siempre sufrimiento.

Que esta confrontación tan insostenible como absurda sirva, sólo depende de cada uno de nosotros. Romper un barco, o dejar que se rompa, es un todo un lujo político. El mayor, el peor.