Diario Digital | 2 de octubre de 2022 18:25

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Palabras de A M O R en lunes. Por María Eugenia Manzano

«Creo que la madre es, en todos los casos o casi, en el caso de todas las infancias, en el caso de todas las existencias que han seguido a esta infancia, la madre representa la locura. Queda como la persona más extraña y más loca que uno haya encontrado jamás».
(Marguerite Duras, La vida material.)

Avanza el verano y hoy, un lunes 15 de agosto, te envío unas palabras de A M O R.

En medio de este calor, tras la noche de verbena de las fiestas de tu pueblo o en mitad de alguna playa, te invito a parar en ellas.
No te olvides de respirar.
Yo me detengo también en este instante preciso sobre estas palabras de A M O R que siempre me han conmovido.
Son un fragmento del libro de Devorah Levy, «El coste de vivir», en el que la autora recuerda a su madre ahora que ella lo es.
Yo soy hija. Y soy madre. Y sólo desde lo segundo he podido comprender gran parte de lo primero. O, mejor dicho, a mi madre. La Levy lo escribe mejor. Llegará el día en que mi hija comprenda también esta locura. Y que yo lo vea.
Que en este 15 de agosto te sirvan estas palabras para hacer una pausa y un alto en lo sea que hagas ahora.
Que dejes de hacer un poco.
Que la calma estival te toque y te entregues al momento.
Y que hoy también estés bien.
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El coste de vivir.  Deborah Levy
9. SONAMBULISMO
 
En la vejez mi madre había descubierto una técnica natatoria para «entregarse al agua por completo». Había que flotar de espaldas, «vaciarse de pensamientos» y «rendirse a la corriente». Me enseñó su truco en las turbias lagunas de Hampstead Heath, flotando a lo Ofelia con los patos y las hierbas y las hojas.
Todavía intento aplicar su truco pero sólo aguanto diez segundos flotando antes de comenzar a hundirme. Igualmente, cuando pienso en la muerte de mi madre, sólo aguanto diez segundos antes de comenzar a hundirme.
Conservo una fotografía de mi madre al borde de los treinta años. Está sentada en una roca durante un picnic con amigos. Tiene el pelo mojado porque acaba de nadar. Su expresión trasluce una introspección que yo ahora asocio a lo mejor de ella. Percibo que en ese momento al azar se siente cercana a sí misma No estoy segura de que de niña o adolescente pensara que la introspección fuera lo mejor de mi madre. ¿Para qué necesitamos a madres soñadoras? No queremos madres que miren más allá de nosotros, que anhelen estar en otra parte. Necesitamos que nuestra madre sea de este mundo, vivaz, capaz, que esté siempre pendiente de nuestras necesidades.
¿Me burlaba de la soñadora que mi madre llevaba dentro y luego la insultaba por carecer de sueños?
Según el relato clásico, el padre es el héroe y el soñador. Se distancia de las necesidades de mujer e hijos y se adentra a zancadas en el mundo para atender sus propios asuntos. Se espera del padre que sea él mismo. Cuando regresa al hogar que nuestras madres han construido para nosotros, o bien es acogido de vuelta al rebaño o se convierte en un extraño que terminará necesitándonos más de lo que nosotros le necesitamos a él. Nos cuenta algo de lo que ha visto por el mundo. Nosotros le regalamos una versión corregida de nuestra vida cotidiana. Nuestras madres conviven con nosotros en esa cotidianidad y las culpamos de todo porque están a mano. A la vez, tratamos de no confabular con los mitos acerca de su personaje y propósito en la vida. De todos modos, necesitamos que nuestra madre se angustie por nosotros: al fin y al cabo, nuestra vida cotidiana está repleta de ansiedad. Si no le revelamos lo que sentimos por ella, esperamos, no obstante, que lo comprenda misteriosamente. Y si avanza más allá de nosotros, si amenaza con devenir en un ser que no esté a nuestro servicio, ha transgredido la tarea primaria, mítica, de ser nuestro apoyo y protección. Sin embargo, si se acerca demasiado, nos ahoga, infectando con su ansiedad contagiosa nuestro frágil coraje. Cuando nuestro padre hace las cosas que necesita hacer en el mundo, comprendemos que cumple con su deber. Si nuestra madre hace las cosas que necesita hacer en el mundo, sentimos que nos ha abandonado. Es un milagro que sobreviva a nuestros mensajes contradictorios, escritos con la tinta más envenenada de la sociedad. Bastan para volverla loca.

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