Diario Digital | 2 de octubre de 2022 19:15

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Coronas de siempre en una nueva Jura de Santa Gadea. Por Rafael Fenoy

Carta al hijo de Putín. Por Rafael Fenoy

No hace mucho el escritor Pérez Reverte publicó su novela Sidi, considerada uno de los mejores libros del año 2019. ¡El CID! ¿Quién no conoce al CID? Personaje histórico que sigue viajando desde el siglo XII, hasta el XXI, galopando a lomos de la leyenda. Aunque han pasado 9 siglos, de cabezas coronadas, se sigue hablando de la relación que Diaz de Vivar mantuvo con el rey castellano Alfonso VI. ¿Cuánta vida le queda aún a la institución Monárquica? Antaño sostenida por el acero, ahora por… ¡vaya Ud. a saber! O quizás si lo sepa.

El rey castellano Alfonso VI, como todos los reyes, siguió la vocación de todas las casas reales, bajo el lema: “Siempre tener más, cueste lo que cueste y a quien le cueste”. Un gran lema que, además de permitirles tener una vida de grandes lujos, placeres y comodidades, justifican a sus reales voluntades cometer robos, chantajes, asesinatos o  guerras, por aquello de legar a sus descendientes más, mucho más de lo que heredaron de sus antecesores y de esta forma perpetuar la saga real y la pervivencia de su estirpe. El Cid, aparece  dotado de virtudes propias de la modernidad. Tenía un alto concepto de la lealtad y como juró vasallaje al rey Sancho III, hermano de Alfonso y Urraca, le sentó muy mal que alguien lo asesinara, posiblemente por encargo de sus hermanos, ya que Sancho no estaba de acuerdo con que su padre dividiera el reino entre ellos y pretendía, por la fuerza unificarlos.

La leyenda sitúa al CID en Santa Gadea, el día que los nobles castellanos debían jurar a Alfonso como rey de la corona de Castilla, tras el asesinato de su hermano Sancho. Las personas que se dedican a la investigación histórica confirman que nunca tuvo lugar ese episodio y que es una ficción, por más que la Jura de Santa Gadea aparezca en el “Cantar de Mío Cid”. Y es que ya en el Siglo XIII había quien soñaba con poder hacer jurar a todo un rey en público. La película “El Cid” dirigida por Anthony Mann, en 1962 con actores consagrados de la talla de Charlton Heston o Sophia Loren, recrea este momento esencial en el que el Rodrigo Diaz, aún no tenía el sobre nombre del CID, obliga al rey Alfonso a jurar. Nada menos, que doblegándole su mano encima del libro sagrado, que no tuvo parte en la muerte de su hermano el rey Sancho. Un momento de especial tensión y que llena a quien presencia la escena de un profundo orgullo y admiración por este Rodrigo, adalid de la verdad. Una persona sin atributos reales que pudo vencer la voluntad a todo un monarca y, haciéndolo jurar, ponerlo a la altura de todo ser nacido, en un plano de igualdad, para que respondiera social y públicamente de sus actos como cualquier hijo o hija, de vecina o vecino.

En esta España de hoy ¿Se encontraría a una sola persona con el poder necesario para someter por ejemplo a Juan Carlos a unas juras similares a las de Santa Gadea? Porque se le pregunta por si puede dar alguna explicación de sus comprobados delitos y su respuesta es:-¡Explicaciones! ¿de qué?. Quizás quien se atreva o pueda a tanto prevea reacciones negativas y sería conveniente una lectura aleccionadora del Cantar del Mio Cid, ya que recoge la reacción airada de Alfonso VI contra Diaz de Vivar. “—Vete de mis tierras, Cid,mal caballero probado,y no vengas más a ellas desde este día en un año”. Quien quiera que escribiera la leyenda, reflejó en la respuesta del Cid una personalidad libre, orgullosa de su independencia. ¡Cuántas ganas tendría el autor del poema de que existiera ese personaje! ¿Quién en esta España de hoy no desearía poder ser testigo de ese pundonor? No tiene desperdicio el tono de la respuesta de Rodrigo ante el “castigo”. Más que chulesca está repleta del orgullo, propio de un ciudadano libre: “—Pláceme, dijo el buen Cid; pláceme, dijo, de grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno, yo me destierro por cuatro.”¡Sin comentarios! Hasta aquí la leyenda y el sueño legendario de que exista un “Cid” que tenga el poderío de hacer jurar a todo un Rey que no hizo tal o cual desmesura, más aún que dé explicaciones de los delitos probados cometidos contra la hacienda pública. Porque quienes indagan en la historia conectan los hechos y deducen las consecuencias de los mismos. Y así se conoce que el destierro del Cid fue por otra causa. Que ese destierro no llevó aparejada perdida de patrimonio por su parte, que la vida de “aventuras” mercenarias de Rodrigo Díaz, al fin y al cabo, era lo que deseaba y ello le permitía buenas “ganancias” además de mayor fama. ¡Total! que el comportamiento de “Mio Cid, con todas sus virtudes y defectos, se asemeja a los de muchas otras personas que a lo largo de siglos han ido generando su propia leyenda. Sin embargo buen gusto deja, en personas que anhelan la justicia igual para reyes, nobles o plebeyos, la leyenda de que pudiera apareceren algún momento otro “Cid” que llevara a cualquiera de los “Juan Carlos” de turno a una nueva Jura de Santa Gadea.

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